Con mucho júbilo, me permito comentarles que el día de ayer, asistí a la presentación del libro de mi querida amiga, Miranda Hooker y con mucho beneplácito me permito escribir a continuación, el discurso que tuve la fortuna de presedir.
…Dicen los Budistas que vivamos el ahora. Sin tapujos, sin falsos rencores de una vida vacía y mundana que nosotros mismos nos creamos. Pero creemos que somos niños, que aún Vamos al circo a olvidar nuestras preocupaciones. O que nos podemos embeber en un Baño Turco donde alguien puede relajar su autoestima y dejarla por largo rato e incluso, olvidarla.
Miranda Hooker se mira al espejo. Se analiza, se describe, se escribe y se reescribe hasta compaginar con su lector. No es un simple Oficio de Otoño, no es andar De Antojo por un instante. Es una crítica seria a la realidad de una madre-esposa-mujer que nos regaló una Venus a fin de siglo, pero que después de un año, calló para no volver jamás. ¿Extrañamos su voz en la radio? Si, pero ahora ha vuelto, más carne, más hueso, con mucho más de lo que tiene dentro.
Leerla, paladea nuestros sentidos. Es capaz de crear un Estado de Sitio de nuestro Yo, para despertar al “Otro” Si, ese que no solemos molestar por temor a no ser aceptados. Tenemos temor a crear Policromías Anarquistas que puedan hacer la diferencia y resaltar nuestra existencia frente a los demás. Aquello que ella despierta en cada uno de nosotros.
En sus relatos nos transporta a recónditos y misteriosos lugares como una Oficina del Registro Público de la Propiedad o trasladarnos al enigmático Zoológico de Londres. Siempre con una magistral forma de hacer lo ordinario como algo sublime y extraordinario. Y me pregunto ¿Quién no querría tomar un café como ella lo hace? ¿O contemplar las hojas de otoño caer? ¿Quién no querría haberse subido a un tobogán con sandalias en las manos, para tirarlas a donde fueran a dar? ¿A quién no le gustaría oír su aventura de cada día como la más inédita experiencia de toda su vida?
Dicen que el hábito no hace a la monja, y ella, lo confirma. Y gracias a estos Contrastes, es que tenemos este libro entre nosotros. Donde, las Lecciones de Domingo se dan todos los días y la Pugna entre pedir o no consejo para claudicar o seguir adelante, jamás pudo romper el hechizo. Esperamos poder seguir disfrutando de muchas más Apologías en Día de Muertos, vibrar con los graciosos sketches de la Sra. Bean, o aprender más técnicas didácticas para el uso de la canción de las “mañanitas”.
Ahora, todos reunidos agradecemos con júbilo que jamás se haya rendido, que en los momentos más difíciles, cuando creía gritarle a la nada, había lectores ávidos de relatos reflexivos y amenos. Y sobre todo, agradecemos que haya podido regalar a sus afables lectores una parte de ella, que vivirá y trascenderá hasta el final de los tiempos.
jueves, 26 de noviembre de 2009
miércoles, 18 de noviembre de 2009
Hacia la eternidad... >.>!
Con gran beneplácito me permito anunciar que mi querida amiga, Miranda Hooker hará la presentación de su libro: "La bitácora de Miranda Hooker" la semana entrante.
Amiga,
Sé que es el resultado de mucha dedicación y esfuerzo. Cada letra, cada palabra, cada linea, cada idea se lleva consigo, una parte importante de tu ser. Enhorabuena, y ahí estaremos para dar "pa' delante" como dicen en mi pueblo...
DarkPollo.
Amiga,
Sé que es el resultado de mucha dedicación y esfuerzo. Cada letra, cada palabra, cada linea, cada idea se lleva consigo, una parte importante de tu ser. Enhorabuena, y ahí estaremos para dar "pa' delante" como dicen en mi pueblo...
DarkPollo.
viernes, 28 de agosto de 2009
¿Lo mejor de una vida?
¿Vivir es la razon para morir? O realmente morir es la razon por la que vivimos. ¿Qué es más importante? ¿Es verdad que al morir, nos espera una mejor vida? ¿Por qué esmerarnos en esta, Si de cualquier forma la "buena" es la que sigue? Y si la vida despues de la muerte es la que liberara nuestra alma de su carcel que es nuestro cuerpo, ¿por qué no querer ambicionar ese estado? ¿Hay acaso una fuerza invisible que nos mantiene unidos a esta prision de carnes y huesos? He aqui una historia de estos cuestionamientos.
¿Lo mejor de una vida?
Por Mario Alberto Martinez Yanez.
El reloj de pared daba las diez de la noche, ante la mirada sombría y frustrada de un hombre que maldecía constantemente al tiempo. El silencio de aquel piso de oficinas ocasionalmente era acallado por un distante rugido de motores que deslizaban fantasmagóricamente en los cubículos, devorando las partículas de polvo que se habían quedado en la alfombra. Mientras las aspiradoras hacían su labor, el hombre revisaba apresuradamente estados de resultados y cuentas de balance general que, aunque correctos desde hacia varias horas, el hombre no claudicaba en seguir validando hasta encontrarles algún tipo de error. Su escritorio era un campo de batalla. Cadáveres de papel por doquier, seguido de marchas fúnebres de clips, lápices sin punta e infinidad de gomas a medio término que habían cedido ante la neurótica fricción de desaparecer cualquier signo de error o manchón en sus entregables. Infinidad de cajas de cartón se encontraban apiladas en su lugar. También sus pertenencias, axial como algunas fotografías, estaban guardadas en una caja de color rojo, con su direccion. Se llevo por vigésima vez las manos al rostro.
- Con una fregada. ¡Esto no está bien! Exclamaba en tono eufórico y aspecto psicótico. - No me importa si debo estar toda la noche. Debo entregar esto mañana temprano.
Cinco horas más pasaron. El hombre decidió levantarse para despabilarse. El reloj anunciaba ahora las tres de la mañana. El individuo en cuestión decidió caminar por el pasillo principal de la oficina hacia una pequeña cocineta que se ubicaba en el ala este del complejo. Solo algunas luces permanecían encendidas. El ambiente a media luz parecía tranquilizar la compulsión de aquel pobre. Seguramente también el cansancio había tomado parte en elucubrar un plan para llevar a la conciencia a la cama. El hombre salio de la cocineta con una taza de café frío, misma que deposito en escritorio. Volteo hacia ambos lados del piso, sin haber indicios de vida o actividad. El personal de intendencia había dejado el lugar hacia ya varias horas. El hombre bebió su café mientras contemplaba el horrendo plafón del techo. Un sinnúmero de cifras comenzaron a mancharse en el plafón atemorizando al hombre. Una tenia cuatro cifras, y era la colegiatura vencida de la escuela de su único hijo. Otra mancha mas se asomaba para mostrar sus grotescos cinco ceros que representaban la deuda del automovil. Pero lo que mas le infarto, fue sin duda la bestia de seis seis seis cifras que era la hipoteca de su casa. No había escapatoria, aquellas monstruosidades se abalanzarían sobre su chequera para beber hasta la última gota de liquidez que el pobre hombre pudiera tener. Cerró los ojos, y apretando fuertemente los dientes, enderezo bruscamente el respaldo de su silla para volver al trabajo. Ya había pasado una hora mas y el tiempo, implacable, se negaba a detenerse para, burlonamente, acabar lentamente con las posibles horas de descanso que tenia aun. Finalmente, decidió retirarse. Tomo su saco del perchero para ponérselo. De ahí, se dirigió al lobby de la oficina en dirección a los elevadores. En la recepción, un curioso espécimen en uniforme veía ávidamente la television. El hombre lo miro con despecho. Sin descuidar su educación, el hombre se adelanto a decir.
- Buenas noches. El guardia de seguridad ni se inmuto. No hubo respuesta de su lado. En su lugar, un fuerte eructo fue exhalado, proveniente de una generosa cena provista por la dona del susodicho.- ¡Pero recursos humanos me va a oír! Exclamo. - ¡¿Como pueden contratar gente así?!
Las puertas del elevador se abrieron. El hombre ingreso, mientras veía que el policía finalmente se había levantado de su asiento, mirándolo.
- ¡Estúpido gordo! Pero me van a oír mañana. Rezongaba mientras el elevador descendía.
El hombre salio del edificio y caminó hasta su casa. De sus pocas fortunas, era la de vivir cerca del trabajo. Habian transcurrido cerca de cinco minutos, desde que el hombre había salido de su oficina. Esta cansado, y se sentía sumamente pesado. Tal y como si le hubieran puesto inmensas cadenas en su cuerpo. Lo que realmente lo motivaba era llegar a su casa con su esposa y su hijo. Finalmente se detuvo frente al portón de una linda casa clásica de tres pisos. Esquinada entre una calle de poco transito y un parque, la casa era el refugio perfecto para alejarse del ruido de la gran ciudad. El hombre inserto la llave en la cerradura, pero estaba se negaba a ceder.
- ¡Maldita sea! ¡No otra vez! Apenas ayer, el hombre había tenido el mismo problema con la chapa. - Pensé que Brenda lo había arreglado.
Sin decir mas, se dirigió a la puerta trasera, que siempre dejaban abierta, e ingreso a su casa. La puerta trasera daba a la cocina. Lindos azulejos de color café claro amenizaban y entonaban con unos muy finos muebles de madera de pino y con cubierta de mármol blanco. Al centro, una pequeña mesa que fungía como ante comedor en la que cabían cuatro personas. El hombre se quito los zapatos a la entrada para no hacer más ruido. Sigilosamente, camino hacia la planta alta por las escaleras de madera que unían a la sala de estar con el comedor. Subio para dirigirse a su recamara. Pero algo lo detuvo. Una sensación extraña. Decidió ir al cuarto de su hijo para ver como se encontraba. La habitación del niño esta a unos cuantos metros en dirección opuesta hacia donde se encontraba su recamara. Entró con mucho cuidado para no despertar a su hijo. Tan solo quería verlo. Tenía tantas ganas de hacerlo. Cual fue su sorpresa que al entrar, su hijo se encontraba despierto. Estaba algo asustado y nervioso.
- ¿Todo bien? Pregunto en tono afable el papa.
- si, todo bien papa. Comentó el niño, pasando saliva.
- ¿Qué haces despierto? Pregunto dubitativamente el hombre.
- Esperándote. Contesto. - Ayer viniste también más o menos como a esta hora para verme.
- Si, me acuerdo. Pero ayer si estabas dormido y te desperté. Me acuerdo que te asustaste mucho.
- Si. Pero hoy estoy mejor. Me gusta platicar contigo. Comento el chico. El hombre se alegro por el comentario.
- Hijo. ¿Te gusta tu escuela?
- Si, claro Papá, ¿por qué?
- mira, lo he estado pensando. Y con el gasto de la casa más el del coche, no estoy seguro de que pueda seguir pagando tu escuela.
El niño miraba atento a su Papá.- Pa, pero por eso no te preocupes. Mama dice que eso ya no es un problema.
El hombre se sobresalto de repente. ¿Como podía estar segura su esposa de que ya no era un problema? Desde luego, su esposa trabajaba, pero eso no era suficiente.
- Mira hijo, si mama te lo dijo, imagino que fue para tranquilizarte. Pero se que ya eres grande y tienes la suficiente madurez para entenderlo.
- Si Papá. Ya tengo seis.
El hombre se volvió a contrariar. - Dirás cinco. Corrigió.
- No Papa, tengo seis.
El hombre comenzó a preocuparse severamente. Acaso el estrés lo estaba haciendo olvidar cosas. En eso se encontraba cuando fue abruptamente interrumpido por el chico.
- ¿Vendrás mañana a verme?
- Pues claro soy tu Padre. ¿Por qué no habría de hacerlo?
- Pues, imagino que por tu situación debe ser difícil.
El hombre se alarmo.- ¿Cuál situación?
- Papá... Se adelantó el niño. - Nos dejaste hace un año.
El hombre trataba de entender.
- Mama dijo que te habías ido al cielo, pero estaba seguro de que volverías algún día. Yo le dije que te había visto ayer y que habíamos platicado, pero no me creyo. Un aire frío fue resentido por el hombre. Le temblaba todo el cuerpo. Estaba muerto, pero no lo sabia, hasta ahora. Su espíritu había vagado todo este tiempo.
Su cuerpo le había dictado que hacer todo este tiempo. Trabajar y trabajar. ¿Había sido capaz su espíritu de sucumbir ante los deseos mortales de sus hábitos? Todo tenia sentido finalmente. Las cajas de cartón en su lugar, el policía que no le había contestado cuando se despedía. La sensación de cadenas. La cerradura de la puerta, su hijo atemorizado. Pero sin duda, el terror se había convertido en una profunda tristeza de no saber como seria ahora que no podría estar con su esposa e hijo. ¿Que iba a ser de ellos?
- Papá. Interrumpió su pequeño. Mama dice que no te preocupes. Vamos a estar bien. De verdad. Ve a descansar.
- Con una fregada. ¡Esto no está bien! Exclamaba en tono eufórico y aspecto psicótico. - No me importa si debo estar toda la noche. Debo entregar esto mañana temprano.
Cinco horas más pasaron. El hombre decidió levantarse para despabilarse. El reloj anunciaba ahora las tres de la mañana. El individuo en cuestión decidió caminar por el pasillo principal de la oficina hacia una pequeña cocineta que se ubicaba en el ala este del complejo. Solo algunas luces permanecían encendidas. El ambiente a media luz parecía tranquilizar la compulsión de aquel pobre. Seguramente también el cansancio había tomado parte en elucubrar un plan para llevar a la conciencia a la cama. El hombre salio de la cocineta con una taza de café frío, misma que deposito en escritorio. Volteo hacia ambos lados del piso, sin haber indicios de vida o actividad. El personal de intendencia había dejado el lugar hacia ya varias horas. El hombre bebió su café mientras contemplaba el horrendo plafón del techo. Un sinnúmero de cifras comenzaron a mancharse en el plafón atemorizando al hombre. Una tenia cuatro cifras, y era la colegiatura vencida de la escuela de su único hijo. Otra mancha mas se asomaba para mostrar sus grotescos cinco ceros que representaban la deuda del automovil. Pero lo que mas le infarto, fue sin duda la bestia de seis seis seis cifras que era la hipoteca de su casa. No había escapatoria, aquellas monstruosidades se abalanzarían sobre su chequera para beber hasta la última gota de liquidez que el pobre hombre pudiera tener. Cerró los ojos, y apretando fuertemente los dientes, enderezo bruscamente el respaldo de su silla para volver al trabajo. Ya había pasado una hora mas y el tiempo, implacable, se negaba a detenerse para, burlonamente, acabar lentamente con las posibles horas de descanso que tenia aun. Finalmente, decidió retirarse. Tomo su saco del perchero para ponérselo. De ahí, se dirigió al lobby de la oficina en dirección a los elevadores. En la recepción, un curioso espécimen en uniforme veía ávidamente la television. El hombre lo miro con despecho. Sin descuidar su educación, el hombre se adelanto a decir.
- Buenas noches. El guardia de seguridad ni se inmuto. No hubo respuesta de su lado. En su lugar, un fuerte eructo fue exhalado, proveniente de una generosa cena provista por la dona del susodicho.- ¡Pero recursos humanos me va a oír! Exclamo. - ¡¿Como pueden contratar gente así?!
Las puertas del elevador se abrieron. El hombre ingreso, mientras veía que el policía finalmente se había levantado de su asiento, mirándolo.
- ¡Estúpido gordo! Pero me van a oír mañana. Rezongaba mientras el elevador descendía.
El hombre salio del edificio y caminó hasta su casa. De sus pocas fortunas, era la de vivir cerca del trabajo. Habian transcurrido cerca de cinco minutos, desde que el hombre había salido de su oficina. Esta cansado, y se sentía sumamente pesado. Tal y como si le hubieran puesto inmensas cadenas en su cuerpo. Lo que realmente lo motivaba era llegar a su casa con su esposa y su hijo. Finalmente se detuvo frente al portón de una linda casa clásica de tres pisos. Esquinada entre una calle de poco transito y un parque, la casa era el refugio perfecto para alejarse del ruido de la gran ciudad. El hombre inserto la llave en la cerradura, pero estaba se negaba a ceder.
- ¡Maldita sea! ¡No otra vez! Apenas ayer, el hombre había tenido el mismo problema con la chapa. - Pensé que Brenda lo había arreglado.
Sin decir mas, se dirigió a la puerta trasera, que siempre dejaban abierta, e ingreso a su casa. La puerta trasera daba a la cocina. Lindos azulejos de color café claro amenizaban y entonaban con unos muy finos muebles de madera de pino y con cubierta de mármol blanco. Al centro, una pequeña mesa que fungía como ante comedor en la que cabían cuatro personas. El hombre se quito los zapatos a la entrada para no hacer más ruido. Sigilosamente, camino hacia la planta alta por las escaleras de madera que unían a la sala de estar con el comedor. Subio para dirigirse a su recamara. Pero algo lo detuvo. Una sensación extraña. Decidió ir al cuarto de su hijo para ver como se encontraba. La habitación del niño esta a unos cuantos metros en dirección opuesta hacia donde se encontraba su recamara. Entró con mucho cuidado para no despertar a su hijo. Tan solo quería verlo. Tenía tantas ganas de hacerlo. Cual fue su sorpresa que al entrar, su hijo se encontraba despierto. Estaba algo asustado y nervioso.
- ¿Todo bien? Pregunto en tono afable el papa.
- si, todo bien papa. Comentó el niño, pasando saliva.
- ¿Qué haces despierto? Pregunto dubitativamente el hombre.
- Esperándote. Contesto. - Ayer viniste también más o menos como a esta hora para verme.
- Si, me acuerdo. Pero ayer si estabas dormido y te desperté. Me acuerdo que te asustaste mucho.
- Si. Pero hoy estoy mejor. Me gusta platicar contigo. Comento el chico. El hombre se alegro por el comentario.
- Hijo. ¿Te gusta tu escuela?
- Si, claro Papá, ¿por qué?
- mira, lo he estado pensando. Y con el gasto de la casa más el del coche, no estoy seguro de que pueda seguir pagando tu escuela.
El niño miraba atento a su Papá.- Pa, pero por eso no te preocupes. Mama dice que eso ya no es un problema.
El hombre se sobresalto de repente. ¿Como podía estar segura su esposa de que ya no era un problema? Desde luego, su esposa trabajaba, pero eso no era suficiente.
- Mira hijo, si mama te lo dijo, imagino que fue para tranquilizarte. Pero se que ya eres grande y tienes la suficiente madurez para entenderlo.
- Si Papá. Ya tengo seis.
El hombre se volvió a contrariar. - Dirás cinco. Corrigió.
- No Papa, tengo seis.
El hombre comenzó a preocuparse severamente. Acaso el estrés lo estaba haciendo olvidar cosas. En eso se encontraba cuando fue abruptamente interrumpido por el chico.
- ¿Vendrás mañana a verme?
- Pues claro soy tu Padre. ¿Por qué no habría de hacerlo?
- Pues, imagino que por tu situación debe ser difícil.
El hombre se alarmo.- ¿Cuál situación?
- Papá... Se adelantó el niño. - Nos dejaste hace un año.
El hombre trataba de entender.
- Mama dijo que te habías ido al cielo, pero estaba seguro de que volverías algún día. Yo le dije que te había visto ayer y que habíamos platicado, pero no me creyo. Un aire frío fue resentido por el hombre. Le temblaba todo el cuerpo. Estaba muerto, pero no lo sabia, hasta ahora. Su espíritu había vagado todo este tiempo.
Su cuerpo le había dictado que hacer todo este tiempo. Trabajar y trabajar. ¿Había sido capaz su espíritu de sucumbir ante los deseos mortales de sus hábitos? Todo tenia sentido finalmente. Las cajas de cartón en su lugar, el policía que no le había contestado cuando se despedía. La sensación de cadenas. La cerradura de la puerta, su hijo atemorizado. Pero sin duda, el terror se había convertido en una profunda tristeza de no saber como seria ahora que no podría estar con su esposa e hijo. ¿Que iba a ser de ellos?
- Papá. Interrumpió su pequeño. Mama dice que no te preocupes. Vamos a estar bien. De verdad. Ve a descansar.
- El hombre comprendió finalmente. No importaba si realmente estuviera vivo o muerto. Si cuando estuvo vivo, vivió muerto. ¿Cómo podría esperar estar muerto, y ahora vivo? Aquel hombre había fallecido hacía muchos años y ni siquera se había dado cuenta. Justo ahora, que ya no respiraba más, entendendía que la vida nunca había sido eso.
Espero, muchos otros no crean que vivan, cuando en realidad, están muertos desde hace mucho tiempo.
jueves, 20 de agosto de 2009
Enamorarme más.
Por Mario Alberto Martínez Yáñez.
Emociones vanas,
Llanas, simples y planas.
Emociones insanas
Que con las tuyas magistralmente matas.
Ya no deseo tener hambre
Ya no deseo sentir frio
Ya no quiero sentir este hastio
Mientras no se trate del apetito
Y el inmenso escalofrio
Que siento cuando te miro
No deseo deprimirme mas
Mientras no sea para extrañarte,
Para poder llorarte,
O para morir de tristeza si te vas.
Ya no busco alegrarme
Por sencillos sucesos,
Hechos o acontecimientos;
Sino por la inmensa felicidad
De que estaras conmigo en cualquier lugar.
Ya no busco enamorarme mas
Porque para darte lo que tu me das
Necesitaria amarte
Para toda la eternidad.
Emociones vanas,
Llanas, simples y planas.
Emociones insanas
Que con las tuyas magistralmente matas.
Ya no deseo tener hambre
Ya no deseo sentir frio
Ya no quiero sentir este hastio
Mientras no se trate del apetito
Y el inmenso escalofrio
Que siento cuando te miro
No deseo deprimirme mas
Mientras no sea para extrañarte,
Para poder llorarte,
O para morir de tristeza si te vas.
Ya no busco alegrarme
Por sencillos sucesos,
Hechos o acontecimientos;
Sino por la inmensa felicidad
De que estaras conmigo en cualquier lugar.
Ya no busco enamorarme mas
Porque para darte lo que tu me das
Necesitaria amarte
Para toda la eternidad.
viernes, 10 de julio de 2009
Una mala racha...
La fría habitación de la casa se mantenía en las mismas condiciones, tal y como ella lo había dejado. En el piso, el hombre se mantenía inherte y con los ojos cerrados. El silencio imperaba en ese mismo instante en el que todo debía mantenerse de forma contraria.
El timbre de la puerta hizo una breve pausa al silencio inaudito para hacerse saber que alguien estaba afuera esperando ser atendido. El hombre continuaba acostado, sin moverse. El timbre fue reemplazado por toques directos y firmes a la puerta metálica que antecedia al patio central de la casa ubicada en Reforma #345.
Fuertes golpes interrumpieron la paz morturia del lugar, ahora para cederle paso a la Polícia Judicial quien había ingresado a la casa por la fuerza. El fuerte rechinido de la segunda puerta metálica, oxidada, carcomida por el tiempo y las inclemencias del clima que no habían perdonado.
Los hombres ingresaron a la sala. Un fuetre hedor a muerto se percibia en el ambiente. Uno de ellos tuvo que salir subitamente para liberar la recién ingerida "guajolota" de Doña Choñita, y acompañada por un sabroso atole de nuez.
El hombre que permanecía en la casa, avanzó cuidadosamente por la planta baja hacia la cocina. El cochambre de los muros de azulejo contrastaba con el claro marfil de los mismos. Sin duda, se tendrían que tirar los muros si alguien tuviera intenciones de cocinar nuevamente. El sujeto paso uno de sus dedos con guantes de látex sobre la superficie de la cocina. Algo que definitivamente no era cochambre, estaba regado por el piso y el fregadero. Algo hediondo que le traía recuerdos al hombre de cuando había vivido de niño cerca del metro ferrería. El olor del matadero, la sangre y las viceras que en época de calor expedía el más desagradable olor que jamás el pudiera concebir.
Finalmente, el otro hombre ingresó a la casa con un trapo humedo en el rostro. Jadeaba y sentía un inmenso vacío en su estómago. Volvía a tener hambre.
- ¡Jímenez! exclamó el hambriento. - De aquí a las gorditas de la nueve ¿no?.
Su compañero seguía examinando el lugar. Ahora, revisaba un cuchillo de cocina con costras de sangre. O al menos eso parecía.
A pesar del escándalo, el hombre de la planta alta de la casa, seguía en la fría habitación, tal y como ella lo había dejado. Cualquiera en su sano juicio hubiera bajado para ver de que trataba todo esto. En cambio el hombre seguía en el piso, con los ojos cerrados.
Los dos hombres salieron de la cocina, siguiendo las manchas de sangre que se extendían y dejaban rastros en dirección a la planta alta.
- Jímenez. Volvió a interrumpir el compa. - Si quieres, te espero afuera güey. La neta que tengo un chingo de hambre. Chillaba el judicial.
El otro se detuvo antes de subir las escaleras. - ¡Callate cabrón! Espera nomás tantito. ¿Qué no le puedes decir a tu estúpida panza que se aguante?
- ¡Carajo! ¿Qué no viste que saqué todo el desayuno? Este lugar huele a muerto. A todo esto, ¿Cómo dimos aquí?
- Alguien hizo una llamada anónima. Dijeron que la cuadra apestaba espantoso. Como algo que se estaba pudriendo.
- ¡Chinga! Grito el hombre. - ¿Y desde cuando los vecinos saben de homicidios? ¿Qué tal si es un pinche perro muerto? ¿Por qué no llamaron a los bomberos?
- Porque lo bomberos no vienen a hacer este tipo de trabajos. Contestó el sujeto, examinando algunas manchas de sangre en el cubo de luz de las escaleras.
- Desde aquí, tomaron a la víctima. La arrastraron desde la cocina. Parece que aún estaba viva y como aún oponía resistencia, la golpearon varias veces contra los muros de la escalera. Aquí, en este descanso, fue que depositaron el cuerpo. Aquí está la mancha más grande. Se adelantó Jimenez.
El compañero parecía algo inquietito. - No manches, güey como alguien pudo levantar a un ser humano a esa altura y golpearlo. Pero si ya habían usado el cuchillo, ¿por qué no se esperaron a que se desangrara?
Jimenez estaba agachado examinando otras manchas. Estas eran blancas, tiesas y duras. Tal cual costras de gel o de pasta de dientes en el lavabo. - El cuchillo no fue usado por el victimario. Fue usado por la víctima, para defenderse. Comentó el judi.
- ¡Ah Chinga Chinga! ¡Calmate Miami Vice! ¿A poco tan chingón? gritaba el compañero de Jimenez con cierta risilla nerviosa.
Jimenez siguió subiendo las escaleras, mientras sacaba su arma. El compa comenzó a asustarse en verdad. Sentía como su vejiga le hacia malas jugadas. Ante la conmoción, optó por hacer lo mismo, sacando su calibre cuarenta y cinco.
La planta alta olía aún peor. El compa de Jimenez, babeaba el trapo que traía debido a que ya estaba totalmente seco. De una de las bolsas de la chamarra, sacó una pequeña anforita con aguardiente, con la que remojo el trapo.
- Espero hulea tan rico como sabe. Exclamaba en sus adentros.
Los dos hombres entraron a una de las habitaciones. Parecía ser la recámara principal. Las manchas de sangre terminaban en el muro de enfrente. Ahí estaba la mancha más grande.
- Mira, después de que la arrastraron, la remataron dandole un madrazo en la pared. Seguramente con esto, le rompieron las vertebras y el cuello. Parece que fueron varias veces.
El compa comenzaba a jadear todavía más, mientras se daba sus "toques" con la aguardiente. No emitió comentarios de sólo imaginarse la escena.
Jimenez se acerco a la cama. Una fotografía algo vieja de una joven pareja durante su boda. El cristal del protaretrato estaba hecho pedazos. Al lado de este, algunos papeles y un acta de divorcio. Jimenez se agachó por debajo de la cama. Varias botellas de vodka estaban regadas. Algunas parcialmente llenas, otra vacias.
Jimenez tomó los papeles con cuidado y revisó cada uno de ellos. - Marcos Sanchéz. Comentó. - La Sra. Guadalupe Narvaez.
Finalmente, el compa se atrevío a afirmar. - ¿Crimen pasional? cuestionó.
- Posiblemente. o suicidio. Exclamó Jimenez. - Ven, vamos a la otra habitación.
Estaban por salir cuando algo estremeció a Jimenez. El hombre dio vuelta y volvió al cuarto. Trozos de carne estaban acumulados en una esquina, junto al closet. El hedor era demasiado fuerte para acercarse más. El estado de putrefacción era considerable y aquel montículo de viceras se encontraba ya con larvas de moscas y otros insectos rastreros, como cucarachas.
El hombre seguía tendido en la habitación contigua. Sin moverse y con los ojos cerrados. Parecía estar esperando a ser descubierto. Ella aún no regresaba, pero no tardaría en hacerlo. Más o menos a esa hora volvía para estar con él.
Los hombres salieron verdaderamente asqueados de la habitación. Descansaron un momento en el descanso de las escaleras, mientras se reponían del olor. El compa jadeaba del espanto y se sentía apunto del desmayo. La panzota del hombre, producto de las chelas domingueras y las guajolotas semanales, no estaba contribuyendo en nada a mantenerlo en pie. El hombre se veía aún todavia más prieto de lo que era... Incluso, podía verse hasta morado.
- Jimenez. Vamos a pedir refuerzos Güey. Esto no me está gustando nada. Parece película de terror. No manches, ya me dio frío.
Jimenez también comenzaban a temblarle las piernas. Esperaba con ansia que aquello que imaginaba, fuere precisamene eso, un objeto de su imaginación.
Pasearon por los otros cuartos, sin encontrar nada irregular o extraño. Todo se encontraba polvoso, pero en total y absoluto orden. No parecía haber indicios de que alguien hubiera estado por aquellas habitaciones en varias semanas. Sólo queda una habitación por revisar.
Finalmente, entraron a la segunda y última recámara de la planta alta. El apestoso olor a carne podrida y en estado de descomposición provenía de ahí. El constante zumbido de moscas y otros insectos hacia eco en aquel lugar.
Jimenez entró apuntando el arma hacia lo que parecia ser un cadaver, seguido muy de lejos, por su compa. El homre también traía el arma desenfundada.
Aquel hombre, si se le podía llamar a lo que quedaba de él, estaba tendido en el piso, inherte y con los ojos cerrados. Tal y como ella lo había dejado. Las piernas habían desaparecido y aparentemente habían sido arrancadas del cadáver. Algunos trozos y huesos estaban desperdigados por todo el piso.
El panorama era sumamente desagradable y vomitivo. Jimenez comenzó a examinar el lugar. El compa permanecía como en estado de aletargamiento, sin poderse mover ni un ápice. En eso estaban, cuando ella estaba regresando por lo que dejó...
Entró por la puerta principal como solía hacerlo, en dirección a la planta alta. Ella se detuvo por un momento, percibiendo que había alguien más arriba. Sin perder el tiempo, buscó una ruta alterna.
Los hombres no se percataron de su presencia. Ella trepó por la pared del cuarto sin hacer más ruido, hasta llegar al techo. Ella era rápida, pero imperceptible. Por varios minutos, se mantuvo en el techo, observando a los dos hombres que trataban de entender que es lo que había pasado en aquel cuarto, y en la casa en general.
- Bueno. ¿Cuál es su teoría mi compa? Preguntó Jimenez al gordito.
- Pos... pos... Yo creo que este güey se puso hasta las chanclas por el divorcio de su esposa. Ella entró, y lo mató con el cuchillo de la cocina. El pobre hombre se arrastró por la casa, hasta llegar a este cuarto. Aquí murió. La mujer se fue de la casa, y el cuerpo se quedó aquí a merced de cuanta alimaña saliera. Hasta que se lo fueron comiendo poco a poco...
Jimenez estaba meditando lo que su obeso amigo le comentaba. De vez en cuando, hacia pasar sus dedos sobre su barbilla en señal de aprobación.
No paso mucho para que el un extraño zumbido se escuchara en la habitación. Era una especie de aleteo, pero extremadamente fuerte. Los dos hombres miraron hacia el techo, mientras que la impresionante criatura bajaba volando para posarse en el cadaver y seguir su ingesta. Una gigantesca cucaracha de color marrón y mandíbulas babeantes estaba enfrente de áquellos hombres, ingiriendo al cadáver de forma repulsiva.
Los hombre no perdieron tiempo y arremetieron a quemarropa a la criatura, quien comenzó a recibir los impactos de bala en todo el cuerpo. Las alas quedaron inmediatamente agujereadas, imposibilitandola a volar. Una de la patas se quebró en el tiroteo y salio volando por la habitación, quedando clavada en la pared por los inmensos y filosos espolones del insecto.
Aquella criatura parecía jadear de dolor a medida que iba recibiendo más y más balazos. Los hombres no mediaron en las balas. Seguían jalando del gatillo de sus cuarenta y cinco semi automáticas. Finalmente, el ser dimitió, cayendo su cuerpo sin patas, y sin signos de vida sobre el cadaver; El plato fuerte del día de hoy.
- ¡No, no frieges Jimenez! ¿Qué le dieron a esta madre para que creciera así? ¡Malditos esteroides!
- ¡Yo creo que fueron las gorditas de la nueve! Exclamó adrenalinico y sumamente exhaltado Jimenez.
- ¡Si, pero esta madre se las comió con todo y delantal. Ya ni la chifla! Resolvió el compa.
- ¿Y qué? ¿Después de esto, tienes hambre? Inquirió Jimenez.
El compa seguía viendo aquel ser inherte, de forma grotesca y asqueado.
- No pus no. Yo creo que a dieta de aquí al domingo. Replicó.
Los dos hombres regresaron a la patrulla para pedir a la SEMEFO por un carro. Sin mencionar palabra, Jimenez condució de regreso al Ministerio Público.
El timbre de la puerta hizo una breve pausa al silencio inaudito para hacerse saber que alguien estaba afuera esperando ser atendido. El hombre continuaba acostado, sin moverse. El timbre fue reemplazado por toques directos y firmes a la puerta metálica que antecedia al patio central de la casa ubicada en Reforma #345.
Fuertes golpes interrumpieron la paz morturia del lugar, ahora para cederle paso a la Polícia Judicial quien había ingresado a la casa por la fuerza. El fuerte rechinido de la segunda puerta metálica, oxidada, carcomida por el tiempo y las inclemencias del clima que no habían perdonado.
Los hombres ingresaron a la sala. Un fuetre hedor a muerto se percibia en el ambiente. Uno de ellos tuvo que salir subitamente para liberar la recién ingerida "guajolota" de Doña Choñita, y acompañada por un sabroso atole de nuez.
El hombre que permanecía en la casa, avanzó cuidadosamente por la planta baja hacia la cocina. El cochambre de los muros de azulejo contrastaba con el claro marfil de los mismos. Sin duda, se tendrían que tirar los muros si alguien tuviera intenciones de cocinar nuevamente. El sujeto paso uno de sus dedos con guantes de látex sobre la superficie de la cocina. Algo que definitivamente no era cochambre, estaba regado por el piso y el fregadero. Algo hediondo que le traía recuerdos al hombre de cuando había vivido de niño cerca del metro ferrería. El olor del matadero, la sangre y las viceras que en época de calor expedía el más desagradable olor que jamás el pudiera concebir.
Finalmente, el otro hombre ingresó a la casa con un trapo humedo en el rostro. Jadeaba y sentía un inmenso vacío en su estómago. Volvía a tener hambre.
- ¡Jímenez! exclamó el hambriento. - De aquí a las gorditas de la nueve ¿no?.
Su compañero seguía examinando el lugar. Ahora, revisaba un cuchillo de cocina con costras de sangre. O al menos eso parecía.
A pesar del escándalo, el hombre de la planta alta de la casa, seguía en la fría habitación, tal y como ella lo había dejado. Cualquiera en su sano juicio hubiera bajado para ver de que trataba todo esto. En cambio el hombre seguía en el piso, con los ojos cerrados.
Los dos hombres salieron de la cocina, siguiendo las manchas de sangre que se extendían y dejaban rastros en dirección a la planta alta.
- Jímenez. Volvió a interrumpir el compa. - Si quieres, te espero afuera güey. La neta que tengo un chingo de hambre. Chillaba el judicial.
El otro se detuvo antes de subir las escaleras. - ¡Callate cabrón! Espera nomás tantito. ¿Qué no le puedes decir a tu estúpida panza que se aguante?
- ¡Carajo! ¿Qué no viste que saqué todo el desayuno? Este lugar huele a muerto. A todo esto, ¿Cómo dimos aquí?
- Alguien hizo una llamada anónima. Dijeron que la cuadra apestaba espantoso. Como algo que se estaba pudriendo.
- ¡Chinga! Grito el hombre. - ¿Y desde cuando los vecinos saben de homicidios? ¿Qué tal si es un pinche perro muerto? ¿Por qué no llamaron a los bomberos?
- Porque lo bomberos no vienen a hacer este tipo de trabajos. Contestó el sujeto, examinando algunas manchas de sangre en el cubo de luz de las escaleras.
- Desde aquí, tomaron a la víctima. La arrastraron desde la cocina. Parece que aún estaba viva y como aún oponía resistencia, la golpearon varias veces contra los muros de la escalera. Aquí, en este descanso, fue que depositaron el cuerpo. Aquí está la mancha más grande. Se adelantó Jimenez.
El compañero parecía algo inquietito. - No manches, güey como alguien pudo levantar a un ser humano a esa altura y golpearlo. Pero si ya habían usado el cuchillo, ¿por qué no se esperaron a que se desangrara?
Jimenez estaba agachado examinando otras manchas. Estas eran blancas, tiesas y duras. Tal cual costras de gel o de pasta de dientes en el lavabo. - El cuchillo no fue usado por el victimario. Fue usado por la víctima, para defenderse. Comentó el judi.
- ¡Ah Chinga Chinga! ¡Calmate Miami Vice! ¿A poco tan chingón? gritaba el compañero de Jimenez con cierta risilla nerviosa.
Jimenez siguió subiendo las escaleras, mientras sacaba su arma. El compa comenzó a asustarse en verdad. Sentía como su vejiga le hacia malas jugadas. Ante la conmoción, optó por hacer lo mismo, sacando su calibre cuarenta y cinco.
La planta alta olía aún peor. El compa de Jimenez, babeaba el trapo que traía debido a que ya estaba totalmente seco. De una de las bolsas de la chamarra, sacó una pequeña anforita con aguardiente, con la que remojo el trapo.
- Espero hulea tan rico como sabe. Exclamaba en sus adentros.
Los dos hombres entraron a una de las habitaciones. Parecía ser la recámara principal. Las manchas de sangre terminaban en el muro de enfrente. Ahí estaba la mancha más grande.
- Mira, después de que la arrastraron, la remataron dandole un madrazo en la pared. Seguramente con esto, le rompieron las vertebras y el cuello. Parece que fueron varias veces.
El compa comenzaba a jadear todavía más, mientras se daba sus "toques" con la aguardiente. No emitió comentarios de sólo imaginarse la escena.
Jimenez se acerco a la cama. Una fotografía algo vieja de una joven pareja durante su boda. El cristal del protaretrato estaba hecho pedazos. Al lado de este, algunos papeles y un acta de divorcio. Jimenez se agachó por debajo de la cama. Varias botellas de vodka estaban regadas. Algunas parcialmente llenas, otra vacias.
Jimenez tomó los papeles con cuidado y revisó cada uno de ellos. - Marcos Sanchéz. Comentó. - La Sra. Guadalupe Narvaez.
Finalmente, el compa se atrevío a afirmar. - ¿Crimen pasional? cuestionó.
- Posiblemente. o suicidio. Exclamó Jimenez. - Ven, vamos a la otra habitación.
Estaban por salir cuando algo estremeció a Jimenez. El hombre dio vuelta y volvió al cuarto. Trozos de carne estaban acumulados en una esquina, junto al closet. El hedor era demasiado fuerte para acercarse más. El estado de putrefacción era considerable y aquel montículo de viceras se encontraba ya con larvas de moscas y otros insectos rastreros, como cucarachas.
El hombre seguía tendido en la habitación contigua. Sin moverse y con los ojos cerrados. Parecía estar esperando a ser descubierto. Ella aún no regresaba, pero no tardaría en hacerlo. Más o menos a esa hora volvía para estar con él.
Los hombres salieron verdaderamente asqueados de la habitación. Descansaron un momento en el descanso de las escaleras, mientras se reponían del olor. El compa jadeaba del espanto y se sentía apunto del desmayo. La panzota del hombre, producto de las chelas domingueras y las guajolotas semanales, no estaba contribuyendo en nada a mantenerlo en pie. El hombre se veía aún todavia más prieto de lo que era... Incluso, podía verse hasta morado.
- Jimenez. Vamos a pedir refuerzos Güey. Esto no me está gustando nada. Parece película de terror. No manches, ya me dio frío.
Jimenez también comenzaban a temblarle las piernas. Esperaba con ansia que aquello que imaginaba, fuere precisamene eso, un objeto de su imaginación.
Pasearon por los otros cuartos, sin encontrar nada irregular o extraño. Todo se encontraba polvoso, pero en total y absoluto orden. No parecía haber indicios de que alguien hubiera estado por aquellas habitaciones en varias semanas. Sólo queda una habitación por revisar.
Finalmente, entraron a la segunda y última recámara de la planta alta. El apestoso olor a carne podrida y en estado de descomposición provenía de ahí. El constante zumbido de moscas y otros insectos hacia eco en aquel lugar.
Jimenez entró apuntando el arma hacia lo que parecia ser un cadaver, seguido muy de lejos, por su compa. El homre también traía el arma desenfundada.
Aquel hombre, si se le podía llamar a lo que quedaba de él, estaba tendido en el piso, inherte y con los ojos cerrados. Tal y como ella lo había dejado. Las piernas habían desaparecido y aparentemente habían sido arrancadas del cadáver. Algunos trozos y huesos estaban desperdigados por todo el piso.
El panorama era sumamente desagradable y vomitivo. Jimenez comenzó a examinar el lugar. El compa permanecía como en estado de aletargamiento, sin poderse mover ni un ápice. En eso estaban, cuando ella estaba regresando por lo que dejó...
Entró por la puerta principal como solía hacerlo, en dirección a la planta alta. Ella se detuvo por un momento, percibiendo que había alguien más arriba. Sin perder el tiempo, buscó una ruta alterna.
Los hombres no se percataron de su presencia. Ella trepó por la pared del cuarto sin hacer más ruido, hasta llegar al techo. Ella era rápida, pero imperceptible. Por varios minutos, se mantuvo en el techo, observando a los dos hombres que trataban de entender que es lo que había pasado en aquel cuarto, y en la casa en general.
- Bueno. ¿Cuál es su teoría mi compa? Preguntó Jimenez al gordito.
- Pos... pos... Yo creo que este güey se puso hasta las chanclas por el divorcio de su esposa. Ella entró, y lo mató con el cuchillo de la cocina. El pobre hombre se arrastró por la casa, hasta llegar a este cuarto. Aquí murió. La mujer se fue de la casa, y el cuerpo se quedó aquí a merced de cuanta alimaña saliera. Hasta que se lo fueron comiendo poco a poco...
Jimenez estaba meditando lo que su obeso amigo le comentaba. De vez en cuando, hacia pasar sus dedos sobre su barbilla en señal de aprobación.
No paso mucho para que el un extraño zumbido se escuchara en la habitación. Era una especie de aleteo, pero extremadamente fuerte. Los dos hombres miraron hacia el techo, mientras que la impresionante criatura bajaba volando para posarse en el cadaver y seguir su ingesta. Una gigantesca cucaracha de color marrón y mandíbulas babeantes estaba enfrente de áquellos hombres, ingiriendo al cadáver de forma repulsiva.
Los hombre no perdieron tiempo y arremetieron a quemarropa a la criatura, quien comenzó a recibir los impactos de bala en todo el cuerpo. Las alas quedaron inmediatamente agujereadas, imposibilitandola a volar. Una de la patas se quebró en el tiroteo y salio volando por la habitación, quedando clavada en la pared por los inmensos y filosos espolones del insecto.
Aquella criatura parecía jadear de dolor a medida que iba recibiendo más y más balazos. Los hombres no mediaron en las balas. Seguían jalando del gatillo de sus cuarenta y cinco semi automáticas. Finalmente, el ser dimitió, cayendo su cuerpo sin patas, y sin signos de vida sobre el cadaver; El plato fuerte del día de hoy.
- ¡No, no frieges Jimenez! ¿Qué le dieron a esta madre para que creciera así? ¡Malditos esteroides!
- ¡Yo creo que fueron las gorditas de la nueve! Exclamó adrenalinico y sumamente exhaltado Jimenez.
- ¡Si, pero esta madre se las comió con todo y delantal. Ya ni la chifla! Resolvió el compa.
- ¿Y qué? ¿Después de esto, tienes hambre? Inquirió Jimenez.
El compa seguía viendo aquel ser inherte, de forma grotesca y asqueado.
- No pus no. Yo creo que a dieta de aquí al domingo. Replicó.
Los dos hombres regresaron a la patrulla para pedir a la SEMEFO por un carro. Sin mencionar palabra, Jimenez condució de regreso al Ministerio Público.
lunes, 6 de julio de 2009
Agradecimiento
Quiero agradecer a Miranda Hooker, quien es toda una personalidad en esto de los relatos, el haber accedido a este humilde espacio. Ella colabora actualmente en muchos otros blogs entres ellos el Korova Milkbar y en su propio blog. Y en su otro sabor.
Espero contar con su contribución mucho tiempo a la semana!!
Un abrazo.
Espero contar con su contribución mucho tiempo a la semana!!
Un abrazo.
sábado, 4 de julio de 2009
Ahora con Música!!
Le agregamos música a este Blog. Espero sea de su agrado n_n! La idea es poder relajarse y leer lo que en este espacio se escribirá. También, me encuentro invitando colaboradores. Espero sea posible hacerlo pronto.
Un abrazo!!
Un abrazo!!
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Un rincón para escupir todo lo que la mente trae y que merece ser contado.